Dos viajes, un nacimiento


  Hace algún tiempo en una conversación un amigo quiso hacer un juego y preguntó a mi hermano “¿qué era él?”. Esta pregunta me llevó a cuestionarme qué era yo, sobre todo este último año que había implicado tantos cambios para mí. ¿Cómo podría responder esta pregunta? Seguramente, no puedo encontrar una palabra que me defina, dado que somos una multiplicidad de cosas, acciones, emociones y sentimientos a la vez. Somos seres diversos que vamos creciendo e incorporando nuevas actitudes a nuestro ser. Podría decir solo como una primera aproximación que soy mujer. Además, a partir de hace poco tiempo soy madre de un pequeño y hermoso ser llamado León, que vino a iluminar mi vida, a verme nacer como mamá y a aprender juntos el camino de la maternidad.  

Lima, Perú
    Sin embargo, esta historia de la llegada de León comienza en el 2014. Durante un largo viaje por Latinoamérica donde recorrimos con mi compañero Pablo más de 20 fincas con principios agroecológicos y otros proyectos sociales. Allí, aprendimos y compartimos muchas experiencias. Además, se sembró, alimentó y afianzó en nosotros la semillita de decidir emprender nuestra aventura de vida en el valle de Traslasierra, Córdoba. Durante ese viaje vivencié muchas emociones, crecí y me fortalecí. La travesía duro nueve meses y fue un primer nacimiento en el que se me despertó el sentimiento de la maternidad. Sentí por primera vez en mi vida el anhelo de ser mamá, de dejar de ser dos para pasar a ser una familia. Ser tres con Pablo.

Valle de Cocora, Colombia 
    Así fue como en 2016, junto a Pablo, partimos a vivir al paraje Las Chacras en dicho valle cordobés, luego de una recorrida para elegir nuestro lugar. Allí nos recibió la sierra con un hermoso invierno nevado, muchos vecinos, nuevos amigos solidarios y por supuesto la familia apoyando a la distancia. En ese entorno de naturaleza donde el instinto y la vida silvestre afloran por doquier quedamos embarazados rápidamente a los pocos meses de asentarnos.

Invierno nevado en Las Chacras, Traslasierra, Córdoba
    El embarazo fue hermoso, transcurrió conjuntamente con miles de otros cambios que me ocurrieron con nuestra llegada a la sierra. Desde lo corporal me sentí esplendida, con pocos malestares y vómitos. Mientras que desde lo emocional tuve meses intensos en los cuales un remolino de hormonas me inundó completamente con altibajos que acompañaban los cambios corporales. El embarazo, y ahora puedo afirmar que la maternidad en su totalidad, vienen a marcarnos lo que cada una tiene que aprender en esta vida. Como me dijo un vecino frente al nacimiento de mi hijo: es un proyecto a veinte años con dedicación exclusiva… sobre todo los primeros años. Sin duda, el proyecto más grande que uno pueda tener en la vida. Así, en este contexto corporal y emocional; viviendo en una casita rodante de 6 m2 y con una casa en obra, con todo lo que eso implica, transcurrió mi embarazo.

Disfrutando el embarazo en nuestro bello monte nativo
    Mientras el embrazo avanzaba, fui soñando como me gustaría que transcurriera el parto y el nacimiento del bebe. Fantaseaba con un parto en casa, pero dado que implicaba ciertos costos que no podíamos afrontar en ese momento y eso corresponde a otra historia; decidimos recibir el nacimiento de nuestro pequeño en el Hospital de Mina Clavero. Elegimos este hospital por tener un programa de Parto Respetado y profesionales que acompañan la naturaleza fisiológica del parto y el nacimiento. Sin embargo, aunque el hospital tenga esa filosofía, no deja de ser una institución con la consecuente carencia de la calidez de un hogar. Para contrarrestar dicha carencia decidimos hacer el preparto y trabajo de parto en casa, durante el mayor tiempo posible para luego dirigirnos hacia el hospital para el parto. En consecuencia, en los últimos controles Lorena, nuestra partera, nos contó con un esquema aproximado la frecuencia y duración de las contracciones durante el preparto y el trabajo de parto para que tuviéramos una idea de los tiempos…. Aunque esos tiempos son procesos naturales y fisiológicos muy variables en cada mujer.
Nuestro primer hogar

    Así llegamos a la madrugada del lunes 30 de enero, que por cierto era mi FPP (fecha probable de parto), cuando sentí los primeros indicios de que el nacimiento se aproximaba. Eran las dos de la madrugada cuando sentí las primeras contracciones, las cuales eran suaves y poco frecuentes. Desperté a Pablo, quien entre sueños, controló los tiempos de algunas de ellas. Así, con Pablo entre sueños, pasaron las primeras horas durante las cuales las contracciones fueron subiendo su intensidad y duración, mientras que la frecuencia fue variable. Hacia las cuatro de la madrugada, las contracciones ya eran más intensas y duraderas y el trabajo de parto ya estaba encaminado… pero dada mi inexperiencia por ser mamá primeriza o por las ideas que cada persona trae, pensé en ese momento que las contracciones podían llegar a ser aún más intensas y que el trabajo de parto aun no comenzaba. En algún momento había pensado que durante el preparto para calmar el dolor de las contracciones podría querer o necesitar sumergirme en una bañera con agua tibia. Sin embargo, durante esas tres horas, desde las cuatro hasta las siete de la mañana cuando las contracciones se fueron haciendo más intensas y prolongadas, no intente buscar el agua para relajarme…. Hoy pienso si no lo hice porque no lo necesité o porque pensé que lo más intenso aun no llegaba. No lo sé y no lo sabré nunca, tal vez la poca razón presente en esos momentos me jugó una mala pasada...

Sobremesa en nuestra casa en obra
    Sin fantasías de por medio, fui atravesando una a una las contracciones, cambiando de posición muchas veces, al principio recostada de lado echa un bollito, luego en cuclillas, en cuatro apoyos y muchas posturas más que me relajaban y que hoy me recuerdan todas a asanas de yoga. En cada contracción, la mano de Pablo me acompañaba con un masaje en el sacro o algunas simples palabras de aliento coronadas con una suave caricia. En ese ambiente familiar de hogar durante esa caliente madrugada de enero con masajes, caricias, sumado a mis movimientos del cuerpo continuos y algunos sollozos y suspiros que me hacían irme y no sentir un dolor tan intenso, llegue a oler por momentos un ambiente sensual y erótico de gran intimidad con mi compañero. Pero, no todo son flores y júbilo, dado que ese ambiente se interrumpía por mis frecuentes visitas al baño con la necesidad de vaciar mis intestinos, hasta que en una de esas tantas visitas perdí el tapón mucoso. En esos momentos, mi único temor era llegar demasiado pronto al hospital y que me mandaran de regreso, o que tuviera que pasar muchas horas en trabajo de parto en la institución. Por eso, llegué a desanimar a Pablo cuando entre las seis y las seis y media mencionó llamar a alguno de nuestros amigos que se habían ofrecido a llevarnos al hospital pensando que aún faltaba mucho. Así se hicieron las siete y Pablo decidió no dilatar más esa llamada.

Trabajando en la casa
    Entre la llamada y la llegada de Cristóbal, pasaron quince minutos. Entre todos improvisaron un espacio lo más cómodo posible en el asiento trasero de la camioneta con mantas y almohadas, donde me recosté para salir de viaje hasta el hospital. En un principio pensamos pasar por el hospital de La Paz, el más cercano, para hacer un control. Pero descartamos rápidamente esa idea y partimos directo hacia Mina Clavero. Durante todo el viaje fui agarrando la mano de Pablo, quien la estiraba desde adelante. Con esa acción seguía apoyándome con el tacto. Las contracciones continuaron, y en cada una yo apretaba la mano de Pablo con mucha fuerza. Creo que estaba ahí, pero de algún modo no estaba, aunque escuchaba que iban conversando. De hecho, recuerdo que Pablo llamó a Lore, dado que era su día de guardia. Cosa que hoy siento una bendición, porque con ella había hecho todo el seguimiento del embarazo y nos conocíamos bastante bien. Era temprano y ella también estaba camino al hospital, aunque algo retrasada. Por lo que llegaríamos más o menos en el mismo momento. El hecho de que fueran conversando, creo que me permitió abstraerme e irme de este mundo, como si hubiera habido dos mundos. El de delante, el de la cabina de la camioneta donde iban conversando. Y el mío propio, donde me encontraba yo, sumergida en un mar de contracciones, apretando tanto, tanto la mano de Pablo, como liberándome de todo, como aceptando y entregándome, suspirando y fluyendo…

    Así fue transcurriendo el viaje hasta que unos pocos kilómetros antes de llegar sentí ganas de pujar, aunque yo no sabía que eso era pujar. Pensé que, como me había ocurrido durante toda la noche, tenía ganas de evacuar. En ese momento deje salir de mi boca unas palabras, y desde el mundo de adelante, me preguntaron si quería parar; pero algo dentro mío me dijo que no y continuamos el recorrido.  

La manito de León, el día del nacimiento
    Al llegar al hospital, mientras el reloj marcaba las ocho y media al bajarme de la camioneta sentí un líquido caliente corriendo por mis piernas, ¡había roto la bolsa! Ya dentro del hospital, las enfermeras muy atentamente me consultaron información muy básica y decidieron hacerme un control. Tras el control solo dijeron muy serenamente “Ya está, vamos a la sala de parto”. Desde ese momento sentí que todo comenzó a ocurrir de un modo mágico. Sin esperas en el hospital, que era lo que deseaba. Y, tras rechazar el ofrecimiento de una silla de ruedas para ir a la sala de parto, decido caminar hacia la rompiente de la ola que culminaría con el nacimiento de mi pequeño.

    La magia siguió ocurriendo… Lore no había llegado aún, y en el mismo momento en que las enfermeras me indicaron la cama con el estribo y yo manifiesto que prefiero el banquito para parir en cuclillas; ella entra corriendo, acercando dicho banco de parto y disponiendo todo para recibir a nuestro León.

    Lo que sigue ocurre muy rápidamente, el “supuesto dolor” del parto se diluye. Con alguna simple indicación de Lore, sumada a su acompañamiento con escasa intervención, en un par de pujos la dulce cabecita corona en la sala mientras siento un fuego interno que explota. Pablo dice ya verle y al siguiente segundo, como fruto de esa explosión que me rompe, dejamos de ser dos. León había entrado en nuestras vidas! Siento su cálido cuerpecito sobre mi pecho mientras las agujas indicaban las nueve y diez del lunes 30 de enero de 2017. Nacemos León, Pablo y yo. León nace en este mundo para hacernos nacer a Pablo y a mí como padres. Hoy recorremos juntos el camino, aprendemos, jugamos, reímos y lloramos. Juntos. Conociéndonos nuevamente con los nuevos ritmos de maternar.

por Luciana Fueyo Sánchez (espiralpracticasapropiadas@gmail.com)


Comentarios

  1. Que lindo amigos mios los quiero mucho y estoy muy feliz siempre de enterarme de cada noticia nueva.
    Un abrazo ENORMEEEE 💖💖💖

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